Las puertas giratorias eran un misterio para Miguel quién tenía que entrar al banco y no se atrevía, no sabía su mecanismo ni entendía su lógica del infinito, para qué una puerta que te deje en aquél lugar tan anestesiado, donde no estás ni adentro ni afuera, dónde pasa todo, en el umbral de la decisión; donde entrar y salir eran uno sólo.
Miguel tampoco sabía si una persona que entra es la misma que sale. Siempre le aterraron las puertas giratorias. Sube las escalinatas apurado, toca la puerta levemente, siente el impulso del vaivén, un alguien que sale le hizo atravesar la puerta y sin darse cuenta, estaba otra vez por fuera del banco. Perplejo y confundido por su desacierto, decidió que con la documentación que tenía iba a armar 22 grullas de varios tamaños, en texturas de oficios, con el papel de los cheques, de consignaciones, en papeles con membretes y con notitas de colores, todas las dejó apoyadas sobre el borde de las escalinatas y se fueron volando con el soplido de una repentina ventisca de otoño para nunca más volver al banco.
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